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Hoy vuelvo a trabajar después de la aventura en la cordillera.

Seba y Vero, luego de la Cabalgata Cruce de los Andes

Hoy vuelvo a trabajar después de la aventura en la cordillera. Despertador, desayuno a las apuradas, mirar el reloj a cada rato porque se hace tarde, subte, gente que te pasa por arriba, transito, bocinas, ruido... Todas esas cosas que en la montana ni te acordás que existen. Allá el despertador no suena, la luz del sol sobre los cerros te va despertando de a poco, mientras abrís un ojo ves que un baqueano va prendiendo una fogata para preparar el desayuno, tenés todo el tiempo del mundo para caminar, lavarte en esos arroyos mágicos, te comes unos panes tostados en la parrilla con dulce y unos mates hechos con el mismo agua increíblemente cristalina del arroyo. Mientras preparas tus cosas, los guías y baqueanos preparan los caballos, todo es con el tiempo suficiente y de sobra para disfrutarlo.

 

 

Estoy llegando a la oficina y sé que me esperan una catarata de mails y miles de cosas y problemas para ponerme al día, esas cosas que desde hace una semana también me había olvidado que existen. Porque en la montaña arrancar la jornada es subirse a tu caballo y dejarte llevar por paisajes fantásticos que en un momento llegan a ser tantos que parece que te acostumbras a estar sorprendido y que si no les sacas fotos no te los podes acordar todos.

Las charlas con esa gente, que hace 24 horas eran completos desconocidos y de golpe se transforman en tus amigos, te completan esos largos periodos en que no te queda otra que escuchar el silencio, pensar en vos, en tu caballo y en el entorno maravilloso. De pronto aparece una bajada complicada, los baqueanos revisan los caballos y a bajar, da vértigo, adrenalina, y encima te aparece un cóndor que te vigila desde unos poquitos metros, todo siempre es maravilloso.

Después del trabajo duro, mas para los caballos que para los jinetes, llega la recompensa, una laguna encantada dentro de los cerros, de colores verde o azul bien intensos, o un arroyo de esos que se ven solo en publicidades, o un valle con vistas que hacen que uno no pueda parar de sacar fotos. Solo se puede parar porque el almuerzo o cena están listos, y ojala hoy en mi almuerzo pueda comer un chivo asado, una buena picada, unos duraznos con dulce de leche o algo de todo lo que comí en vez de un sándwich a las apuradas. 

 

 

 

 

 

Es lunes y solo pienso en que termine la semana, y ojala el fin de semana fuera en el hotel, con la pileta, con la cena y baile con amigos, desconocidos hasta hace muy poquito pero de los que ahora no me quiero separar mas. Ya estoy llegando a la oficina, lamentablemente la fantasía de recordar lo que acabo de vivir se acaba, los que están alrededor mío me miran como a una puerta mas del subte, no tienen ni idea que yo estoy haciendo fuerza para que no se me caiga un lagrimón mientras recuerdo todo lo que me paso. Y ahora, antes de entrar a mi rutina, solo pienso cuando voy a salir y volver a esa que no puedo parar de recordar. 

 

Autor: Sebastian Rabai

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