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26/05 [Domingo] Entrenamiento para actividades de montaña
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Cumbre de Soñadores - Volcán Domuyo - trekking, montañismo
Clásica
ascensión a la elevación natural más prominente de
Cuatro días atrás, viajando por la enripiada ruta del norte neuquino, una extensa curva había abierto súbitamente la puerta de la vista deseada e inverosímil. Cuando su silueta electrifica el horizonte el silencio resplandece en el espacio. Allí estaba, coronado de gloria, tapizado de soledades inexpugnables, en el techo oculto de la Patagonia y en la mismísima residencia del viento. El Volcán Domuyo. El Domo, para los amigos. El templo sagrado de roca, arena, nieve y hielo que hipnotiza desde los valles meridionales de Varvarco, desde el cañadón abismal del Atreuco y desde la inconmensurable línea irregular de la Cordillera de los Andes.
El nombre Domuyo proviene del mapuche y significa “que tiembla y rezonga”. Sin embargo, varias jornadas de trabajo en su reino imponente y desolador tal vez no alcanzan para oír temblores ni rezongos continuos. Lo que sí se logra percibir, en el descubrimiento paulatino, en el paso a paso de huellas y sendas rústicas, es una dosis insalvable de paz y eternidad inmaculada. Hoy se ha comprobado que su denominación geológica de volcán no es la adecuada. Solo pertenece a un macizo cuya ubicación tiene que ver con un entorno volcánico. Está ubicado en un borde de la denominada Cordillera del Viento, al norte de la provincia del Neuquén, en los confines septentrionales de la Patagonia. Dicha cordillera no pertenece geológica ni geográficamente a la Cordillera de los Andes y corre con dirección NNO – SSE. Hace millones de años, antes de la formación misma de los Andes, la zona que actualmente ocupa el Domuyo estaba cubierta totalmente por mar. De ahí la cantidad de restos fósiles marinos como amonites, trilobites, algas y otros que suelen encontrarse en sus laderas. La roca volcánica y erosionada es el común denominador de todo el terreno y representa un singular inconveniente al atravesar los largos acarreos sin nieve y los escarpados filos expuestos.
Nuestro grupo de ascenso y expedición, mixto y a priori heterogéneo por cierto, estaba compuesto por una docena exacta de avezados aventureros que intentarían inmortalizar sus esperadas vacaciones en una novedosa incursión a un mundo desconocido y extremadamente agreste. Nosotros, quienes intentaríamos colaborar en la capitalización de tales deseos, ultimábamos hasta el último detalle.
Pablo y José expanden la fortaleza de compañerismo inusual y mordisquean su decepción interior en medio de un marco de intensas sensaciones. Cecilia y Nacho testean la ilustre vivienda de Ciudad Gótica, la baticarpa o, mejor dicho, la carpa con forma a vehículo de batman, y dan el visto bueno con otro mágico término registrado: “a pleno”. El Domo ríe…
“¿A la cumbre de los soñadores van?” - Se escuchó sorpresivamente de los labios envejecidos de un singular habitante de Varvarco mientras terminábamos de armar las carpas en el camping municipal -. Por un instante volví al recuerdo de mis anteriores ascensiones y me di cuenta que nunca antes había oído semejante calificativo hacia el gigante de piedra. Observé atónito y pensativo al hombre y mientras mi memoria continuaba con su lento proceso de rebobinado, le respondí: “Sí, ¿porqué la llama así?” Y en una gota de irrepetible silencio, el nuevo descubrimiento de dos únicos y frontales dientes que asomaron desde su añejada sonrisa, se habían transformado en la última imagen recordada de aquel atardecer varvarquense.
La ascensión
Zapala es la ciudad neuquina desde la cual se debe comenzar a viajar hacia el norte para pasar por las localidades de Chos-Malal, Andacollo, Las Ovejas y finalmente, Varvarco. Para iniciar la caminata por los dominios del Domuyo previamente hay que llegar hasta lo que se conoce como El Estacionamiento o El Playón, el último lugar para dejar los vehículos. Desde Varvarco hay que continuar por la ruta que se dirige hacia el norte y hacia Aguas Calientes. Se transita por el amplio valle entre el Arroyo Covunco y el Río Neuquén superior para desembocar en un lugar que acapara toda la atención, el Cajón del Atreuco. Desde allí comienza un sinuoso ascenso bordeando unas formaciones de roca muy llamativas de tipo triangular. Finalmente, a 3 Km. de la Villa de Aguas Calientes, sale un camino hacia la derecha. Este mismo, luego de varias bifurcaciones (conviene asesorarse bien en Varvarco del estado del camino), lleva al playón mencionado. A escasos doscientos metros de haber iniciado la marcha aparece un puesto a la izquierda, de Don Castillo. Si hay alguien, allí es posible contratar un animal de carga para transportar equipo al Campo Base por poco dinero.
La senda, visible y bien marcada, desciende progresivamente hasta las márgenes del Arroyo Covunco luego de cruzar previamente otro arroyo que baja del oeste. En ese lugar existe una gran roca que sirve de puente natural para poder cruzar a la otra orilla, le llaman la Roca Gemela. Del lado opuesto, la picada remonta el curso de agua siempre por su margen izquierda hasta ingresar definitivamente en el territorio de la montaña, luego de una pronunciada curva del valle hacia el norte. Allí uno se enfrenta a la imagen de la estremecedora cara sur-sudoeste. Se atraviesa un pequeño sector de mallines sobre la senda y posteriormente se comienzan a suceder unas lagunas llamativas a un lado y otro del sendero. Junto al último espejo de agua, de coloración esmeralda intenso y a 3000 m.s.n.m., se halla el Campo Base (algunos lo denominan Campo 1).
Amigándonos paso a paso con el entorno, el clima comenzaba a regalarnos una cierta estabilidad asombrosa y presagiaba un muy buen panorama para las jornadas subsiguientes. La Cordillera del Viento no suele dejar de hacer honor a su nombre tan fácilmente. Son numerosas las historias de vendavales insostenibles que acabaron y arrasaron con carpas de extrema calidad y enterraron las esperanzas de varias expediciones. Esta vez, parecía que la suerte iba a estar de nuestro lado y no estábamos dispuestos a dejar pasar la gran oportunidad.
El Campo Base está ubicado justo unos metros antes de que la pendiente cambie notoriamente su desnivel. Existe allí un pequeño refugio con techo de chapa que puede albergar hasta 4 personas pero sin embargo hace dos temporadas fue aplastado por un gran temporal de nieve. Es recomendable pernoctar en carpas ya que existen en la zona paredes de pircas lo suficientemente bien construidas como para colaborar en la detención de las temibles ráfagas.
En el día de la ascensión notamos previamente que nos íbamos a encontrar con un terreno nevado y plagado de penitentes. Todos los años suele cambiar mucho la montaña, tanto que hasta existen épocas que se puede ascender sin pisar nieve y, por ende, sin utilizar grampones ni piquetas. Debido al pasado e intenso invierno nevador, no estábamos frente a ese caso.
Siete imágenes de desconsuelo que recorren una arista interminable. Una cima que no aparece nunca. Despierto ansioso con el sueño a flor de piel. Es el insomnio de los 3750 m.s.n.m. del campo de altura, pienso, sin convencerme del todo. Me recuesto. Suspiro. Y una vez más, queriendo recuperar la misma escena controvertida, me hundo en aquel mundo onírico desafiante.
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La montura – Campo Alto
A pesar de que el sendero siempre está bien pisado, al salir del campo base el terreno cambia drásticamente. La subida es cada vez más notable y las piernas comienzan a sentir el verdadero trajín de la montaña. Primero se asciende a una especie de plataforma larga y posteriormente se faldea una extensa ladera pedregosa del filo donde se hallan todos los campamentos de altura. Un último y zigzagueante tramo culmina sobre el filo mencionado para desde allí no abandonarlo casi hasta el portezuelo. El sector del último pircaje para pernoctar, casi a 4000 m.s.n.m. se lo suele denominar como la Montura pero en realidad ella comienza mucho antes del campo de 3750, donde nosotros establecimos nuestro campamento de altura, el lugar más reparado de la zona.
A uno y otro lado del filo el viento puede jugar a lo que se le plazca cuando está enfurecido. Los torrentes súbitos e ingobernables de aire embravecido pueden voltear a cualquiera, solo es cuestión de someterse por un instante al sector de sanitarios que habíamos elegido.
Armamos las cinco carpas utilizando las cuatro que existen en el sector y continuamos con el sistema de hidratación para prepararnos a esperar adecuadamente al gran día, el de la ascensión. El crepúsculo ya daba fe del panorama futuro. Nos hallábamos fuera de las carpas, imaginando la realización de un sueño más y disfrutando de una de las vistas más conmovedoras, esas que irritan la piel con solo recordarlas: el sol escapando por detrás de los picos limítrofes y enrojeciendo el oscuro glaciar, la luna anticipando su majestuosa aparición y decorando el infinito vertical.
Daniel y el otro Pablo electrifican un instante de la ascensión y desparraman sacrificio contagioso al elevar sus figuras sin pausa alguna por el extenuante pedrero bajo la Montura. Mónica y Eugenia imploran y veneran a todos los santos por la estabilidad de la frágil carpa que las alberga y trasladan sus sombras hacia las laderas superiores del gigante. Esteban y quien escribe interrumpen el sueño a las 5 am, entrecruzan borrosas miradas y se disponen enérgicamente al servicio de la comunidad para encender calentadores en la negrura espesa de 10 grados bajo cero. El Domo ríe...
Del amanecer al crepúsculo – La cima
Siete de los doce ya respiran aire cumbrero. Los cinco compañeros restantes descansan plácidamente en el campamento de altura aguardando por el regreso de aquellos. Sin embargo ellos, los que reposan emocionadamente en la cima, sienten, disfrutan y comparten el sublime momento con sus pares. La gloria es de todos.
Imaginar la jornada definitiva de una expedición de montaña con la temperatura y las condiciones climáticas ideales es quizás una de las escenas más vistas en las previas ilusiones y deseos de andinistas y exploradores. Ese día, el de nuestro ataque a la cumbre, junto con todos los días anteriores, pertenecía a uno de esos capítulos tan cotizados.
El sendero continúa remontando La Montura hasta alcanzar el campamento de 4000 m.s.n.m. Allí la huella gira un tanto hacia la izquierda y remonta en travesía el último tramo hasta el Portezuelo del Viento, que se halla a unos 4100 m.s.n.m. En el portezuelo la vista resulta avasallante. Se puede observar el gigantesco Glaciar Chalileo que derrite sus hielos desde la cumbre hacia el lejano Este, también casi todo el camino transitado y prácticamente todo el camino a seguir. Allí también se encuentra la plaqueta de uno de los dos jóvenes fallecidos en el verano de 2004 en ese mismo lugar por factores hasta el día de hoy aún desconocidos.
El rumbo a seguir es ahora por un nevero de considerable pendiente que matiza fragmentos de hielo con penitentes y que, en épocas de escasa nieve, resulta muy complicado de atravesar. Antes de continuar nos despedimos de nuestros compañeros que habían tomado la correcta decisión de descender guiados al campamento por uno de nosotros. Nos ajustamos grampones, colocamos lentes y, piqueta en mano, comenzamos el último y extenso ascenso hasta la cresta cimera.
El desnivel es considerable en casi todo el trayecto aunque en condiciones de nieve dura y hielo la marcha se hace mucho más liviana y llevadera. El paisaje allí arriba siempre regala imponencia sin límites. La Cordillera de los Andes, esa obra soberbia de la naturaleza, esa línea impenetrable de procesos geológicos, resplandece e interpreta lo mejor de su repertorio visual. Hacia el oeste, la línea de volcanes a la distancia invaden la panorámica: Cayaqui, Copahue, Llaima, Tromen, Lonquimay... Hacia el norte, La extensa Payunia, el reservorio de volcanes más grande del mundo, ya en Mendoza. Hacia el este, la estepa de los horizontes interminables y la Patagonia árida en todo su esplendor.
Valeria, la ilustre protagonista del esfuerzo intensivo, descansa, se hidrata, sonríe y vuelve a la carga para tomar su privilegiado puesto en la vanguardia y no perderle pisada al guía. Kesha, el gran oportunista de nacionalidad rusa, frena, levanta su mirada, toma aire e inunda el espacio con una frase que pasa sin escalas a la inmortalidad: “Estoy al límite”. El Domo ríe...ahora, a carcajadas...
Siete momentos perennes en siete días de incondicional amor domuyesco. Siete pasos que ya se han dado. Ahora la podemos ver, como nunca antes. Desde la ansiada pre-cumbre y a tan solo 15 minutos de feliz caminata. La cima de 4709 m.s.n.m. La cumbre de los soñadores. ¿Acaso porque crea imágenes que alimentan ilusiones inalcanzables? ¿Tal vez porque fortalece el insomnio en sus pedregosos filos inferiores? ¿O porque simplemente es el mágico techo de la célebre Patagonia al que todos sueñan algún día llegar? Rememorando la frase del anciano hombre en aquella imborrable tarde de Varvarco, allí por el mismísimo génesis de la ascensión, me terminé convenciendo que de una forma u otra, toda descripción asociada al colosal volcán argentino siempre obtendrá un carácter de ensoñación acumulada. Porque cuando la cruz que corona la cumbre mimetizada con el cielo profundo hace su gloriosa aparición y cuando los agonizantes pasos se detienen indefectiblemente en el último suspiro de tierra elevable, el sublime talento de cada sentimiento personal estalla enérgicamente y desborda sobre un extraordinario manto de naturaleza inolvidable.
autor: Leandro 'alemán' Scheurle















